A partir de una función de La Valija, de Julio Mauricio —último trabajo dirigido por Jorge Sharry antes de su muerte—, Marcelo Saltal construye un texto atravesado por la memoria, la emoción y el reconocimiento hacia quien considera un maestro y una referencia insoslayable del teatro de Pergamino. El relato recorre experiencias compartidas, evocaciones de montajes históricos y la huella humana y artística de un hombre que hizo del teatro una forma de vida.
“Días atrás tuve la ocasión de ver el último trabajo teatral, en vida, de mi querido amigo y maestro Jorge Sharry, en su carácter de director, con La Valija, de Julio Mauricio. Fue raro estar allí; en la función que presencié; quería estar, y allí estuve. Una forma íntima de homenajearlo – al menos, para mí -, y reconocer todo su legado; y lo que dejó, no solamente en mi caso sino en todos los que lo sucedimos, de una forma u otra, en esto de la actividad teatral. Claramente pesó el espesor emocional ante el hecho de su ausencia física más que la propuesta artística, en general. Así las cosas. Pero guarda que también lo argumental y la espesura artística teatral de la propuesta se hizo presente. Al fin de cuentas, el teatro es presente. Vida concreta. Fuerte. Cuerpos de los actores y actrices actuando y de distintas personas allí sentadas espectando. Un encuentro. Y el encuentro siempre tiene que ver con la vida. Eso me puso bien, y ahora que lo pienso mientras escribo estas líneas también me reconforta, pese a todo. George se fue del otro lado. Para el otro barrio. Pero estuvo allí, parte de su magia, de su estela, como artista, como hombre integral de teatro. No lo trae, como yo quisiera pero lo acerca mucho en su esencia eterna del artista de teatro que fue siempre, y será por todos los tiempos.
Jorge Sharry: hombre de teatro
“La Valija es una obra fuerte dentro de lo que constituyó la producción de un dramaturgo como fue Julio Mauricio, en nuestro teatro nacional, sobre todo en las décadas de 1960 y 70. Más cercanas a la etapa de un Jorge Sharry jovencísimo haciendo sus primeros pasos como hombre de teatro. Quizás, por eso, lo trajo de nuevo en estos tiempos, y volvió a elegirlo para desplegarlo en su condición de teatrista. Escribo, y me acuerdo de lo siguiente, año 1985, yo apenas lo conocía a Jorge; él era mi maestro de teatro, y lo veo en un trabajo que me quedó marcado a fuego, como tantos de aquella época en la historia del teatro pergaminense, en una puesta que hiciera el histórico grupo de teatro local Juventud de Teatro, la nave insignia de todos los grupos que luego aparecieron y desaparecieron en la intensa vida teatral que siempre tuvo nuestra ciudad. La temporada fue en la hermosa y cálida sala teatral que tenía el desaparecido Banco Local y por donde varios – de la época – pasamos. Dirigía el insigne Juan Carlos Puppo. La obra, era otro peso pesado de Julio Mauricio: El Enganche. La protagonizaban Jorge y Marita Escobar –una de las mejores actrices que he visto en mi historia– Se sacaban chispas. Jamás me voy a olvidar de ese trabajo. George se lucía. El era un actor de filigrana fina, no estruendosa, todo lo contrario, muy marcado por el decir, quizá producto de la vieja escuela actoral que ponía tanto énfasis en la palabra. Después en su búsqueda como actor fue corriéndose un poco de ello, o lo intentó. Le gustaba mucho la comedia; la disfrutaba como actor y espectador. Y en el drama, si lo sabías llevar, te daba todo, y más. Me pasó cuando me tocó dirigirlo en La Pasión, un espectáculo que se armó el mismo de diversos autores de poesía, de narrativa y de teatro clásico para celebrar sus treinta años con el teatro en forma ininterrumpida. Su vida era el teatro, y no otra cosa. Y los amigos, por supuesto. Allí George, dueño de una generosidad supina, me entregó a mí, tan joven, la dirección integral de tamaña propuesta. Que acepté, por suerte. Un hecho que no solo marcaría mi vida como director de teatro – allí debuté como tal – sino también en lo personal, por la hermosa intensidad de todo lo que fue la gestación de ello. Jamás vi a un actor con tanta entrega emocional en la escena, en los ensayos, como él. Unico. No había mezquindad en su carácter. En lo más mínimo. Más bien todo lo contrario.
La Valija, la última puesta
Pero vuelvo a La Valija, acá interpretada por Beba Bienzobas, Néstor Coca Bienzobas y Fabián Vitelli; con adaptación del texto original por parte de Majo Sharry, y la asistencia de dirección – fundamental en esta nueva etapa luego del fallecimiento del responsable de esta propuesta– María Pettinari. Jorge acá volvió a decir presente, pero en su carácter de director, desapareció toda la carga simbólica de su ausencia y esto es logro de él como director, del elenco y de la conducción actual del proyecto, ya que no solo hicieron que nos olvidáramos de todo y nos metiéramos en la historia de este matrimonio y el vendedor de libros, sino que también lo disfrutáramos. Y mucho. Logró sacarnos sonrisas, y hasta sonaron diversas carcajadas por ahí, en la sala. No es menor. Mucho menos en este contexto. ¡Chapeau! La música, otra de las grandes debilidades de George, está muy presente en esta versión. Un Sharry auténtico, una vez más. Me hizo acordar de él, cuando veía lo que se proponía a través de la música que eligió para acompañar este relato. Por otra parte, me llamó mucho la atención el uso del fuera de campo, a los pocos minutos de comenzada la función, nunca había visto esto en la producción de Jorge como director. E, incluso, en Pergamino. Quizás pasó, y yo no estuve allí para verlo. No lo sé. De todas maneras, me gustó que apelara a ese recurso, que no siempre se usa. También destaco el uso del universo sonoro que acompañó a esta propuesta, más allá de lo musical, una suerte de goteo lento que iba acompasando de una forma u otra el deterioro por el que pasa el matrimonio que protagoniza este relato. Algo sumamente innovador en los montajes teatrales.
“Les queda una función más, el próximo domingo 31, en la sala de Habemus Theatrum; va a pasar un buen rato; si va; y va a acompañar el trabajo de estos teatristas locales que con tanto amor hacen lo que hacen y, también va a poder aplaudir a un hombre que hizo tanto, pensando siempre en teatro – y fundamentalmente, para el teatro de Pergamino – hasta un rato antes, incluso, de la implosión que luego lo llevaría hasta el final de los finales. Yo aplaudo; lo aplaudo. De pie. Vayan, se los sugiero. ¡Gracias, George por todo, hermano!”